EL ORGULLO DE NAAMÁN
2 Reyes 5:1-14

Introducción:
   Naamán era un hombre valiente y apreciado por el rey. En cuanto a lo material este hombre tenía todo lo que su alma deseaba. Pero era leproso.
La lepra es una enfermedad infecciosa que pudre la piel, los nervios y los huesos. Con el pasar del tiempo el leproso pierde los dedos, las manos, los brazos o los pies, hasta morir.
Hoy en día no se escucha mucho de la lepra, pero en los tiempos de Naamán esta enfermedad era despreciable, contagiosa e incurable. De manera que para un leproso era mejor la muerte que la vida.
Por mucho tiempo Naamán había sufrido por  esta lepra maligna. Por más que quería ocultar su dolor, llegó un día en que ya no pudo más. Tal vez dijo ¡Estoy cansado de ocultar mi enfermedad! _Necesito ver al médico.
Buscaron a alguien que pudiera curar su lepra, pero todo fue en vano.

1. La esperanza revelada.
   Después de consultar con muchos médicos Naamán se había dado por vencido. Toda esperanza de vivir había evaporado.
Un día mientras comía con su esposa, probablemente dijo: _Hasta aquí he llegado con esta lepra; voy a morir pronto. Ya no hay remedio para mí.
Sin embargo, la esposa de Naamán tenía una esclava israelita que al oír esto, dijo: _No es posible que mi amo piense de esa manera. Yo creo en un Dios de poder y El puede sanar a Naamán a través del profeta Eliseo.

   Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra (2 Re. 5:3).

   En medio de la angustia, una palabra de esperanza fue revelada a Naamán.

   Mi querido amigo, la lepra es símbolo del pecado que ningún hombre puede curar. El pecado carcome la vida del hombre; empezando con sus emociones, hasta deteriorar todo su ser. Al igual que Naamán, el hombre pecador puede cubrir su impureza por algún tiempo, pero tarde o temprano su pecado lo llevará a la muerte eterna.

   Porque la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23ª).

   Sin embargo, en medio de la oscuridad del pecado, Dios da una palabra de esperanza a través de la muerte de su Hijo en la cruz del Calvario.
La Palabra de Dios dice:

   El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció (Mat. 4:16).

   La luz de esperanza que Naamán recibió es la misma que resplandece sobre el pecador en busca de sanidad espiritual.

2. El orgullo ciega a Naamán.
   Cuando Naamán escuchó que podía ser sanado en Israel; se dirigió para ver al profeta Eliseo. No había tiempo que perder.
Para su sorpresa, al saber Eliseo que Naamán estaba afuera buscándole, envió a su siervo  a decirle:

   Ve  y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio (2 Re. 5:10).

   Pero ¿Qué es esto? dijo Naamán enojado. Para Naamán estas palabras eran humillantes.

   He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? (2 Re. 5:11-12).

   Si para esto vine hasta aquí; yo pude haberme quedado en Damasco; los ríos de allá son mejores que el Jordán, dijo Naamán. Naamán estaba enojado porque era un hombre orgulloso. Nunca lo habían tratado así.
Mi querido amigo, este hombre quería ser sano, pero no quería someterse a las instrucciones de un varón de Dios.  

 Hoy en día, mucha gente no se salva por el orgullo que hay en ellos. El orgullo no les permite venir a Cristo. Para ellos es mejor tener honor ante los hombres antes que humillarse ante Cristo. El hombre orgulloso piensa que es suficientemente bueno para salvarse por sí mismo y no necesita de Cristo.
Este fue el problema de Naamán. El dijo: Yo no puedo caer tan bajo. Meterme al río siete veces es una tontería.
Para Dios poder sanar a Naamán tuvo que tratar con el orgullo que había en él. El propósito de Dios era sanarlo de la lepra y del orgullo.   Para algunos, la cruz de Cristo es una tontería. No quieren venir a Cristo porque no  quieren pasar vergüenza ante sus amigos. Por eso es necesario que Dios trate con el orgullo que hay en ellos primero.

Conclusión:
Mi querido amigo, si quieres ser salvo no puedes venir a Cristo con una actitud como la de Naamán. Es necesario que te despojes del orgullo; porque de aquí en adelante ya no vivirás tú,  sino Cristo en ti. Y entre Cristo y tu orgullo no puede haber competencia. Tienes que rendirte a El por completo.
Abre tus ojos a tu necesidad espiritual. Deja que la palabra de Dios haga efecto en tu vida. No cierres tu corazón a El, y serás sanado de tu lepra espiritual.

 

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