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CAMINO A LA CIUDAD DE DIOS
2 Samuel 5:6-10

Introducción:
Al levantar nuestros ojos hacia el cielo arriba de nosotros, sólo vemos estrellas que desde hace miles de años son testigos de la grandeza de Dios. Pero más allá de lo visible hay un lugar celestial que no se puede comparar a nada aquí en la tierra. Un lugar en donde el fiel creyente después de muerto encontrará paz y alivio a sus dolores. Un lugar en donde no habrá lloro, ni dolor. Ese lugar se llama la Ciudad de Dios o Nueva Jerusalén. Mencionar ese lugar debería traer esperanza a todo aquel que está en medio del tiempo más difícil de su vida y traer consuelo a aquel que está a punto de tomar el viaje rumbo allá. Apocalipsis dice esto acerca de lo que pasará en esa ciudad:

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron (Apoc. 21:4). Aunque 2 Samuel no nos habla de ese lugar celestial; no obstante, al igual que en la conquista de la Jerusalén terrenal por David, hay una batalla para pelear antes de llegar a la Jerusalén celestial.

1. Vituperados pero decididos a conquistar.


Entonces marchó el rey con sus hombres a Jerusalén contra los jebuseos que moraban en aquella tierra; los cuales hablaron a David, diciendo: Tú ni entrarás acá, pues aun los ciegos y los cojos te echarán (queriendo decir: David no puede entrar acá) (2 Sam. 5:6). Al llegar David frente a las murallas de la ciudad, los habitantes de ella se burlaron de él. Le dijeron a David: Tú no eres nada para nosotros. Eres tan débil que aun los ciegos y los cojos de la ciudad te pueden echar afuera. Con estas palabras fue vituperado David por sus enemigos. Mi hermano, el diablo y sus seguidores hacen lo mismo hoy con el creyente. Harán todo lo posible para que no llegues al lugar que Cristo está preparando para ti. Satanás pondrá trampas en tu camino de manera que caigas en el hoyo. Tratará de sacar tus debilidades a la memoria para que te desanimes. Pero, no olvides algo, aun cuando somos débiles podemos vencer al enemigo. Oigamos lo que dice el apóstol Pablo: Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor. 12:10).   Eres fuerte porque Cristo está contigo. Y aunque la gente y el diablo te vituperen, decide llegar hasta la meta. Ten fe en
Cristo.

2. Cristo está en la batalla contigo.

Mi querido amigo, si piensas que estás solo en la batalla estás equivocado. Los discípulos del Señor se subieron un día en una barca para cruzar el mar. Mientras cruzaban se levantó una tremenda tempestad contra la barca que casi se hundían. Ellos en su desesperación no sabían que hacer. De pronto vieron al Maestro acostado en la barca. Se habían olvidado que Jesús estaba en la barca con ellos. Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? (Luc. 8:25). Lo mismo pasa hoy; muchos han perdido la fe en Dios y se han dejado guiar por lo visible, y es un error. Es por fe que sabemos que hemos sido salvos. Es por fe que sabemos que Cristo está con nosotros. Tal vez no lo podamos ver, pero allí está. Es por fe que llegaremos a la Ciudad de Dios. Así como la Jerusalén terrenal fue el lugar de descanso para David; la Jerusalén celestial será nuestro eterno descanso. Aunque parece que la batalla arrecia contra nosotros, y los enemigos se burlan, no temeremos. Hay alguien que pelea por nosotros. No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos (Zac. 4:6).

Conclusión:
Yo creo que nadie quiere vivir en este mundo eternamente. Y eso es bueno, porque tenemos un hogar mucho mejor a este. No hagas de este mundo tu hogar permanente. Mejor prepárate para ir allá, a la Ciudad de Dios.

 

 

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